Hace años, muchos, desde que salí de mi pueblo para irme a la capital, a ingresar a las filas de la universidad pública, inicié la transformación de mi manizaleñidad.
Al principio, cualquier frase despectiva o simplista sobre Manizales, me generaba picazón, reacciones agresivas, era recibida como un ariete que minaba el pundonor y el ufanado orgullo que cimentaban las costumbres que han sostenido a esta tierra…porque es que resulta, que es una chimba ser Manizaleño… o eso escuché toda la vida.
Siempre supe, como buen manizaleño, de dónde venían, cuántos eran y como se llamaron mis ancestros… escuché de su rancio abolengo y de su distinguida parentela (arraigo que explica sabiamente Abad Faciolince en su más reciente columna de El Espectador: http://elespectador.com/impreso/opinion/columna-309681-ay-manizales-del-agua). No conozco el primer manizaleño cuya estirpe no crea de algún modo memorable. Y es ese, uno de los vericuetos donde nos perdimos como pueblo, nos quedamos en el pasado de los grandes arrieros y colonos aguerridos que hicieron de esta región inhóspita, una otrora próspera ciudad, llena de brío, de verraquera, de respeto y de la famosa dignidad montañera. Nos quedamos con los jirones de apellidos y linajes, construimos selectos clubes de filipichines vaciados, quienes aún empeñan la vida para cambiar carro, quienes prefieren gastar dinero en la impecabilidad de harapos y no tocan un libro ni con un palo, elevamos el clasismo a nivel de la genética, porque dime en que barrio vives, en que colegio estudias y tus apellidos y te diré con quién procreas…con los de tu barrio, tu colegio y tu ralea.
Confundimos dicha dignidad, con eugenesia, nos transformamos en expertos calificadores de vecinos indignos, nos autodenominamos cultos y nos encerramos en un pequeño mundillo torpe de apariencias, que llevaron al abandono los valores ciertos de esta tierra, que son los mismos de pereiranos, cuyabros y antioqueños, de gente amable de cierto, no de pose morronga, de gente solidaria y abierta.
A medida que pasaba el tiempo, extrañaba menos mi pueblo, comportamiento que generaba ya resquemores entre mis padres, y que con el argumento de ser “rolo”, que para un manizaleño, es casi como convertirse el “mísero can, hermano de los parias….”, fui llevado al sentimiento de la culpa…me avergonzaba de ver como ese manizaleñismo se reducía ostensiblemente en mis venas… pero no lograba comprender las razones.
Hoy, cuando veo como un pueblo entero se ve vapuleado por sus propias decisiones, cuando se arrodillan, sin vergüenza alguna, ante la eterna clase política que ha dejado a Manizales en el olvido de las montañas, en el abandono de la cultura, en el destierro de sus últimas cohortes (como la mía), en la grima de los cafés, otrora atestados de pujanza y ahora repletos de desventura, se me arruga el alma. Hoy, cuando recorro mi pueblo y se desgrana la pobreza en las calles empinadas que antes brillaban de manizaleñidad: las paredes pintadas lustrosas, flores, sendos muebles de tallas elaboradas, olor a chocolate parviao y tinto fresco, tangos, bambucos, mujeres que taconeaban en la 23 cargando en su contoneo esa dignidad…esa infinita dignidad que era ser Manizaleño… me lleno de tristeza y entiendo que lo que sacaba de mis venas no era la manizaleñidad, era esa letargia tonta que asumimos como propia y metimos en la cédula.
La ciudad del agua, ni siquiera hoy eso disfruta. Y como muchos, cuando ocurrió tal desventura, pensé que, como los pueblos grandes que proclaman y defienden su dignidad, se erguiría este en masa para exigir respeto, para reclamar lo que hace a cada pueblo un útero: su entereza unificada, su dignidad tan proclamada, su manizaleñidad. Pero oh sorpresa, esos cacaos, de apellido aguapaneludo como todos los colombianos, pero elevado en la heráldica barata a niveles de linajes merovingios, fueron los primeros en dejar el barco, y las clases bajas, según la percepción manizaleña, que viene siendo el grueso de mi tierra, mi estirpe misma, recibió sumisa el azote. Quienes pudieron esconderse del impudor de ser visto mendigando con un tarro plástico detrás de un carrotanque alguna gota de agua, lo hicieron con apuro. Oteando desde sus casas de campo o “fincas” como las llaman, vieron pasar los días y solo sacaron la mano para votar por el mismo destino…por el apellido y el estatus, por la miseria, por el abandono, pero eso sí, amiguísimos de nosequiencito, que es el hijo del nosequiencito que a su vez fue el hermano de nosequiencito, quien fue el pelmazo que acabó con la Licorera de Caldas, o que dejó quebrar a Única, o que permitió que se llevaran la Nacional de Chocolates o que con sus amigos visionarios, llevaron a Manizales, ha ser hoy el pueblo más cercano, después del Caribe Colombiano, a un gran Feudo, con todo y sus siervos, pero eso sí, siervos en clubes y con camioneta de estacas, porque tienen “finca”.
Pero como al caído caerle, ese mismo abandono, llevó en días pasados a que más de treinta familias vieran como sus casas, de nuevo, se perdían entre las laderas profundas, y como se iban seres queridos, historias y vidas enteras. Hoy, como manizaleño de la diáspiora, de esas estirpes recientes que salimos a buscar otras brisas, lejos de ese pueblo amado pero real y dormido, pido a mis paisanos, y me apropio de la responsabilidad individual, que como hemos visto de lejos esta actualidad, que entendimos que la manizaleñidad es de frente, que en la sangre si corre verraquera, si corre amabilidad, solidaridad, unidad… nos pongamos el peso en donde corresponde y metamos la mano, hablemos con fuerza, actuemos. Por ahora, esas más de treinta historias que sufren hoy, vean que somos unidos y que los vamos a ayudar con toda nuestra camaradería. Muchos, por no decir todos los manizaleños que salimos de el pueblo añorado, hemos encontrado esa fuerza en la tranquilidad de sociedades donde lo que importa es lo que hagas vos y como lo hagas, no de dónde vienes. Nos corresponde entonces ahora, rescatar esa ciudad de ancestros alpargatudos, poniéndonos las propias, con carriel y con pelotas, y dejar a un lado la pendejada de andar mirándonos las cédulas…mirarnos a los ojos y sacudir este pueblo, porque eso si es ser manizaleño.